
En ese maravilloso contexto, aparecería ante nosotros una de las obras de ingeniería más importantes de Bolivia: el Puente Colgante Sucre. Construido en algún momento del siglo XVI, esta hermosa estructura presenta diferentes técnicas constructivas y materiales (piedra, ladrillo, yeso, arena), y sus 180 metros de longitud están unidos por 2 torres góticas en cada extremo, decoradas con arcos ojivales y almenas en sus coronamientos. Hoy en día posee una gran importancia política, ya que señala el límite entre los departamentos de Chuquisaca y Potosí, pero ya hace 200 años, sirvió además para el paso de los diferentes batallones que se enfrentaron durante la Guerra de la Independencia.

Considerada una de las ciudades de arquitectura colonial mejor conservada de América, se pueden encontrar en ella gran cantidad de Iglesias (entre las que destaca la Catedral Metropolitana; una verdadera joya arquitectónica), la Casa de la Libertad (palacio que conserva la 1° Bandera Argentina), plazas, jardines, calles empedradas, casas con techumbres de tejas de barro cocido, y un sinfín de elementos del período colonial que le han valido a Sucre el recibir el título de “Patrimonio Cultural de la Humanidad” por la Unesco.
No obstante esto, no pudimos dejar de compararla con Potosí, lugar del que nos habíamos quedado enamorados, y creo que tal vez por esto es que no cubrió nuestras expectativas. La ciudad bien vale una visita, ya sea por sus elementos arquitectónicos, como por su gente (encantadora), y sus alrededores, pero en ese momento la búsqueda estaba orientada a otro tipo de entornos, los cuales se nos presentarían a la brevedad.

an a toda hora, y disfrutamos de charlas y comidas con amistades que ya habíamos hecho en Potosí, y con algunas otras que conoceríamos en aquel lugar.